PARTE SEGUNDA.
La parte primera está más atrás en el blog, así que no la pegaré en esta entrada. Con un poquito de búsqueda en el archivo de la derecha, se encuentra.
En la parte primera me detuve en la visión "romántica" del amor. Romántica en el sentido amplio e impreciso del término que asocio a mi forma de escribir tan dada a la fuga de ideas, y no referida a un autor o pensamiento en particular.
En este mestizaje de las ideas, siguiendo con los comentarios a la parte primera, encuentro la mayor riqueza del discurso. Sin querer entrar en consideraciones hermenéuticas (ni usar más palabras como "hermenéutica"), la historia y la compresión están determinadas en primer lugar por el contexto, y por impreciso que éste sea, creo que todos compartimos lo suficiente cuando hablo de "amor romántico" como para entendernos en esta entrada.
Anticipemos primero las críticas, por adelantar en el discurso. Recojo aquí las mas esperables, pero aquel que tenga alguna diferente... ¡que por favor me la haga saber! Es al conocer las opiniones contrapuestas cuando uno puede aprender más sobre la suya propia, y, ojalá, cambiarla. Encontrar algo nuevo y tan sorprendente que cambia tu opinión supone siempre un avance, una conquista.
Mis ideas sobre la pareja suelen recibir en el primer momento frases como "es que es muy triste pensar así", o "eso es que no os queréis de verdad", o bien "eso es imposible, os vais a acabar matando".
El problema con éstas lineas de razonamiento me parece evidente, pero no debe serlo tanto cuando se produce este error en casi todos los ámbitos. Siento ponerme sombrío con el ejemplo, pero es preciso. La frase, "es que eso sería muy triste", surge a menudo cuando a la gente le preguntan si hay vida después de la muerte. Puede serlo, desde luego, aunque no es exactamente como yo lo definiría, pero desde luego que a nosotros nos parezca triste o no, no cambia lo que "es". Ese camino inverso entre la realidad y nuestros sentimientos, no se da. La vida, la gente, la naturaleza, son indiferentes a nuestro parecer. Sólo podemos elegir intentar conocer las cosas por lo que son, o cerrar los ojos y refugiarnos en nuestra nube. Es una opción posible, pero yo creo que hay que verla por lo que en realidad es.
(Intentaré no seguir por ahí... De hecho mi anterior blog hablaba de escepticismo científico, el que quiera que pregunte, había varias entradas sobre todo esto).
Así que desde luego no acepto "eso es muy triste", primero porque no me lo parece, si se mira desde el ángulo que yo lo veo al menos, y segundo porque el sentimiento que inspire la realidad no cambia por mucho que nos empeñemos a la realidad misma. En cuanto a los otros dos, son en realidad subproductos del anterior: nacen de la idea equivocada de que si no puedes imaginarlo, no es posible. Como si la realidad de los demás y del mundo dependieran de las posibilidades de la más o menos estrecha mente de cada cual, en lugar de ser al contrario. Es cierto que existen cosas que cabe imaginarse y no "existen" (en la mayoría de sentidos de la palabra, no vayamos ahora a ponernos ontológicos), pero más cierto aún es que existen muchas cosas que a nosotros nos cuesta comprender e incluso imaginar siquiera, sin que eso importe lo más mínimo.
El amor romántico de nuestra cultura y nuestro tiempo, y entendámonos, me refiero al de las películas y novelas que consumimos, al que impregna los comentarios "adecuados" en las bodas a las que asistimos, el ritual mismo, y la percepción social más generalizada sobre lo que debe ser la vida en pareja, tiene unas características bien definidas. Cosa aparte es que luego de puertas adentro, y por fortuna, cada cuál tome y deje del estereotipo lo que vale, y aporte sus particularidades e ideas propias, cosa que todos hacemos en mayor o menor medida, pero la idea social y mayoritariamente aceptada, puede dibujarse con alguna precisión.
Intentando abarcarlo en términos amplios, y no ser muy injusto, creo que se podría decir que este al que nos referimos es un amor que proporciona valores positivos a la pasión irracional, al sacrificio, a la espera, a la posesión y la presencia continua del otro, a la necesidad de la pareja hasta el tan sabido "la vida sin tí no merece ser vivida". No pretendo una crítica feroz ni decir que todo es negativo, de hecho, tengo una entrada en la nevera un tanto contraria a esta, y titulada "Hay muchas buenas razones para no ser liberal...", si no que ésta entrada concreta habla de la falacia de que sólo hay un amor posible, y de que ésa única forma de hacer las cosas, es la que nos rodea en la ficción y las convenciones sociales.
Se nos vende como "natural" un amor muy específico, propio sólo de este lugar y éste tiempo, que ni era el amor de nuestros padres o abuelos, ni será el de nuestros hijos, ni es el de nuestras culturas vecinas más o menos remotas. La pareja es "tu alma gemela", tu "media naranja", "lo que te falta". Y es contra éste elemento de base contra el que más me revuelvo y que creo que es la fuente de los demás problemas que tengo, personalmente, con este concepto. Para mí, ese "no puedo vivir sin tí" no es una expresión del amor que deseo, si no del miedo o la necesidad. Yo no quiero a mi lado una persona que me "necesite", si no que me "quiera". No a alguien imcompleto a quién llenarle un hueco que no puede cubrir, si no a alguien completo y fuerte, que se puede valer por sí misma, pero que ELIGE compartir el camino conmigo.
De esa necesidad absoluta, de esa dependencia irrenunciable del otro, creo yo que nace todo lo que se sigue. Los celos, la inseguridad, los límites, la desconfianza. Las comedias románticas nos presentan como aceptable y hasta divertido que desconfiemos de la persona a la que damos nuestro amor y nuestro tiempo hasta el punto de revolver sus cajones, de revisar sus llamadas o de prohibirle tal o cuál compañía. Acaban cifrando el amor por el valor de la renuncia, y no cuando aquella es necesaria y prueba éste, que se ha de aplaudir, si no por la renuncia forzosa y continua como "prueba de amor".
En esa espiral perversa (y no va por nadie en concreto y va por todos nosotros en general, antes de que alguien se sienta airadamente ofendido), acabamos por encontrar parejas que sólo se preocupan por los límites y no por la experiencia compartida. Amigos que te dicen "me apetece mucho salir hoy con los colegas, pero no puedo porque si no mi novia me va a decir que ella se quiere ir con sus amigas y eso no me gusta que a saber quien les entra por ahí". Y no se dan cuenta de que aunque creen que quieren decir: "la quiero tanto que no soporto la idea de perderla o que nadie se le acerque siquiera", están diciendo en realidad "confío tan poco en lo que ella haga, sus deseos o sus decisiones, que prefiero vivir de menos para que ella no viva de más". Y yo ahí me planto.
Ese amor natural en el que sólo miramos al otro, en el que sólo pensamos en el otro, en el que "somos" el otro, me parece escasamente defendible en el territorio de la novela, pero desde luego me parece un fracaso estrepitoso en la vida real, del que nos rodean tantos ejemplos que me produciría pudor ponerme a enumerarlos.
Lo "natural" (que como hemos dicho no es de por sí bueno, pero, si es que existe, ciertamente se nos presenta tozudamente) es tener múltiples deseos, es ser contradictorios, a veces caprichosos, cambiantes, a veces generosos, a veces egoístas, a menudo dubitativos. Lo "natural" (y no daré más explicaciones del uso de la palabra, creo que sabéis por qué la empleo) es intentar salirnos un poco con la nuestra, contar una mentirijilla, omitir una verdad, o ignorar un problema hasta que se arregle sólo o termine debajo de la alfombra.
Frente a tanta naturaleza desatada, lo difícil en realidad no es encerrarte en casa sin salir para evitar la tentacion, si no sincerarte con tu pareja. Mirar dentro de tí y decirte "sí, la quiero, pero no es "lo único que quiero", en una persona no se agota mi deseo". Mirarla y pensar que tiene las mismas inquietudes y el mismo derecho. Hablaros y confesaros que aunque eso esté ahí, no cambia el proyecto y la vida juntos. Aprender a permitiros vivir fuera de la jaula, que ya no merece llamarse así, y volver a casa con un sentimiento renovado de libertar y una media sonrisa que dice tantas cosas. Entender que tus deseos no son los suyos y viceversa, y dejar realmente que cada uno los exprese y los descubra a su manera. Mantener el nivel de sinceridad y paciencia necesarios para que una combinación tan explosiva, que lo es, no te acabe explotando en la cara.. Y vivir. Vivir mucho y bien. Vivir intensamente y no dejar nada para la segunda vuelta. Comprender que es posible a la vez sentir que "se está mejor en casa que en ningún sitio" y anhelar de vez en cuando escapadas exóticas. Ser consciente de que terminada la escapada la urgencia que sientes es la de llegar cuanto antes a tu cama, a tu pareja, al descanso y el calor de la persona a la que has elegido contarle todo esto. A la única que en realidad, como te dije una vez, Katze, tiene todas las piezas del puzzle, no sólo las más luminosas y cuidadas, si no también las torcidas y sombrías, y que aún así, se queda.
Creo que es evidente que aunque algunos no verán que merezca ser llamado amor, ese es sólo su problema y que he pensado en aquello de lo que hablo. La crítica a la falacia ha terminado en declaración, y ahora quisiera yo escuchar las vuestras. La mía, creo, está muy clara.